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La cultura de la dieta es el origen de la gordofobia, un sistema de opresión que produce discursos de odio hacia las personas gordas y mantiene un real temor de la gordura. La gordofobia se inscribe en una sociedad en la cual el dictado de la delgadez es omnipresente, la delgadez siendo considerada como estética y la gordura como negativa, antiestética, patológica e incluso avergonzada. La gordofobia médica es bastante común, disuadiendo o incluso impidiendo a las personas gordas el acceso a la atención de salud. Tienen igualmente dificultades para vestirse, o de manera más general, a existir en el espacio público, frente a una sociedad que no está pensada para sus cuerpos. Así, es esencial luchar contra las acciones gordofóbicas, acciones cotidianas e institucionalizadas que tienen consecuencias desastrosas sobre más del tercio de la población mundial. 

¿Qué es la cultura de la dieta?

La cultura de la dieta, diet culture en inglés, es definida por Christy Harrison, dietista anti-dieta, como “un sistema de pensamiento: 

  • adorando la delgadez y equiparándola con la salud, la felicidad y la virtud moral
  • promoviendo la pérdida de peso por lo que perdemos tiempo, energía y dinero intentando adelgazar
  • idealizando un modelo de belleza inalcanzable
  • demonizando y avergonzando ciertas formas de comer y ciertos cuerpos mientras elevando otros
  • oprimiendo y discriminando a las personas que no coinciden con las normas de delgadez y a la supuesta imagen de “salud”, que perjudica desproporcionadamente a las mujeres, dañando tanto su salud mental como física.1

La cultura de la dieta y sus hábitos alimentarios o físicos a menudo se justifican “en nombre de la salud”, pero conciernen en realidad el peso y la apariencia y pueden incluso ser perjudiciales a nuestra salud, física como mental. Ejemplos de la cultura de la dieta pueden ser el hecho de etiquetar los alimentos como buenos o malos, abogar por diversos tipos de regímenes restrictivos (dieta cetogénica, paleo, ayuno intermitente, etc.), felicitar a las pérdidas de peso, o el hecho de comer menos, de no permitirse comer más allá de un cierto número de calorías, sentirse culpable de haber comido “demasiado” o hacer deporte para castigarse de haber comido. Este tipo de hábitos, supuestamente sanas (healthy), son en realidad peligrosos y minan nuestra relación con la comida y nuestro cuerpo, incluso pudiendo llevar al desarrollo de trastornos alimentarios, como a hiperfagia bulímica2 o la anorexia mental3, la enfermedad psiquiatría con mayor tasa de mortalidad (5 a 20% según la duración4).

La cultura de la dieta se encuentra también en discusiones incesantes sobre el peso, la comida, las dietas, los macronutrientes o incluso la actividad deportiva. Este diet culture, a pesar de su omnipresencia paradójica, puede ser difícil distinguir porque no está cuestionada e, ya que la mayor parte de las personas reproducen su discurso sin problematizar. Todes vivimos en esta cultura de la dieta y todes ya hemos experimentado insatisfacción hacia nuestro cuerpo, pensando en perder peso como solución. Además, hay un gasto social en parar de hablar de peso y de dieta cuando estos temas de discusión son tan comunes y vectores de socialización. Al ver la fuerza y la omnipresencia de los requerimientos de la cultura de la dieta, intentar abandonar el mundo de las dietas y querer su cuerpo es un acto fuerte de militantismo. Adicionalmente, sigue difícil cuestionar la cultura de la dieta y la gordofobia que se junta a ella porque ambas son socialmente aceptables y promovidas, no sólo por la población en general sino también por las instancias de autoridad y de poder como la comunidad médica.

Más allá de las manifestaciones prácticas de la cultura de la dieta, esta cultura tiene una dimensión simbólica. La cultura de la dieta crea una jerarquía de los cuerpos, promoviendo la delgadez y la pérdida de peso y así denigrando su contrario. Glorifican la delgadez, mientras asociándola con la salud, a la felicidad y la superioridad moral. Esta promesa de alcanzar un estatus más alto perdiendo peso hace que muchas personas, especialmente las mujeres, gasten dinero, tiempo y energía intentando perder peso, a menudo en vano. También hay que señalar que el dictado de la dieta no se basa en una norma mayoritaria a la que debamos ajustarnos, ya que los ideales que promueve son exclusivos y están muy alejados de los cuerpos de la inmensa mayoría de la población. 

La cultura de la dieta clasifica igualmente los alimentos y las maneras de alimentarse como benéficas o perjudicas. Los da un valor moral y maniquea bueno/malo. Se demoniza algunas categorías de comida (junk food por ejemplo), mientras que otras (naturales, no transformadas) están consideradas como saludables. Se demoniza incluso más el consumo de esas comidas consideradas como no saludables cuando son personas gordas quienes las consumen. Al contrario, no se considera tanto la junk food como el problema si son personas delgadas quienes la consumen. Un vínculo se hace entre la comida y la persona quien la ingiere: comer sanamente nos convirtiera en buena persona cuando comer comida considera como no saludable nos haría reprensibles. Así, términos absurdos y culpabilizantes aparecen sobre los embalajes alimentarios como clean o guilt-free. Dar a la comida un valor moral no tiene sentido: es una construcción social, que resulta directamente de la cultura de la dieta.

La cultura de la dieta incita a les individues a negar su hambre, sus sensaciones y sus ganas al obligar a prestar atención constantemente a sus elecciones alimentarias. Se trivializan los comportamientos peligrosos o incluso patológicos, como saltarse las comidas, restringirse, no escuchar al cuerpo, desterrar ciertos alimentos (como los carbohidratos o el azúcar). Al tratar de resistir una necesidad tan vital como la de comer, estos mandatos convierten a nuestro cuerpo en un enemigo. 

Por último, la cultura de la dieta es la base de la opresión de quienes no se ajustan a su ideal de delgadez: les gordes. Les gordes son constantemente estigmatizades en una sociedad abiertamente gordofóbica. La cultura de las dietas propaga el mito de que la delgadez es igual a la salud, considerando a les delgades como sanos y a les gordes como insanes, sin tener en cuenta otros factores que también influyen en la salud, a veces mucho más que el peso. Si la delgadez significa felicidad, la “obesidad”5 significa infelicidad. Al asociar el bienestar con el número de la báscula, la cultura de las dietas, que dice querer sólo la salud de les gordes, contribuye en realidad a perjudicarlos, incluido el aumento del odio a sí mismos y, con ello, de las tasas de depresión y suicidio6.

La omnipresencia de la cultura de la dieta

La cultura de la dieta es omnipresente: en los magazines, publicidades, conversaciones, y en la sociedad más generalmente. Nos incita a odiar nuestro cuerpo y se beneficia económicamente de las inseguridades que participa en crear. Numerosos productos o servicios se basen en la idealización de la delgadez y buscan a dominar los cuerpos, como los libros de recetas para adelgazar, los tés “detox”, píldoras para suprimir el apetito, cremas adelgazantes o anticelulíticas, campamentos para la grasa, especialmente populares en Estados Unidos, e incluso diversas cirugías de “obesidad”, cada una más peligrosa que la anterior. Todos estos productos tienden a decir que la delgadez es la condición de la autoestima y la felicidad. Con anuncios en los que aparecen mujeres delgadas riendo a carcajadas mientras comen un yogur 0%, se establece insidiosamente la asociación entre felicidad y delgadez.

Según un estudio de Ipsos y Metabolic Profile realizada en 2015 en Francia: el 63% de la población francesa declara cuidar a su peso, el 44 % ya hizo dieta para bajar de peso y dentro este porcentaje se estima que las personas hacen cuatro dietas en promedio7. Las mujeres son más propensas a vigilar su peso o hacer dieta, cuando los hombres son más “obesos” y en “sobrepeso”. Finalmente, el 31% piensa en hacer dieta durante los próximos meses a pesar de que el cuarto paradójicamente sabe que no resultará en nada. Es interesante notar que las preocupaciones sobre el peso y las dietas incluyen tanto las personas con un índice de masa corporal (IMC) considerado alto, como las cuyo IMC está considerado como normal o bajo. 

La cultura de la dieta convierte fenómenos naturales en cosas vergonzosas, tal que la celulitis. Su demonización permite vender cremas caras pretendo hacerla desaparecer pero que son verdaderamente ineficaces8. La celulitis realmente solo es una construcción social producida por el patriarcado y la cultura de la dieta. No se trata de una enfermedad, sino de una creación apuntada a la venta de falsas soluciones caras. La historia de la celulitis demuestran su absurdidad: la primera publicación del término fue en 1968, cuando Vogue crea este neologismo en su revista. Luego se va a usar masivamente este término, ya que el mundo del marketing ve en él una oportunidad de hacer dinero. Aunque se trata de una característica natural presente en el 80% hasta el 90% de las mujeres9, se considera la celulitis como vergonzosa e inestética. No obstante se trata solo de una parte de carne natural, que siempre ha existido y existirá para siempre.

Muchas compañías aprovechan esta diet culture para enriquecerse. Se trata de una industria capitalista, que, solo en los Estados-Unidos en 2018, generaba 71 millardos de dólares10. La organización no lucrativa estadounidense The Global Wellness Institute, calculó que los beneficios de la “economía del bienestar” (wellness economy) alcanzarían los 3 700 millardos de dólares se calcula que la industria mundial de las dietas tiene un valor de más de 3,7 billones de dólares en todo el mundo, de los cuales 648.000 millones corresponden a la nutrición y la pérdida de peso11. No sólo los productos que ofrece la cultura de las dietas son muy caros, sino que, como el porcentaje de éxito de las dietas es casi nulo a largo plazo, sus clientes, nunca satisfeches, financian esta industria una y otra vez. Al promover y vender falsas promesas y productos que no funcionan, la industria de las dietas se asegura de que les consumidores nunca salgan de este círculo vicioso y sigan pagando durante el resto de sus vidas. Sin embargo, cuando el producto no produce los efectos deseados, no se cuestiona el producto sino que se hace sentir culpable a la persona quien consume. Como dice la dietista Christy Harrison, “éste es uno de los rasgos distintivos de la cultura de las dietas: culparnos a nosotros mismos de sus fracasos”12.

Cuando se sabe que la tasa de fracaso de las dietas a largo plazo es de más del 95%, es espantoso ver que se continúa la financiación de estos productos e industrias cuando su tasa de éxito es inferior al 5%. Como lo dice la coach antidieta Kira Onysko: “Una empresa de bicicletas que vende bicicletas con agujeros en las ruedas para que la gente tenga que volver a comprar una nueva, nunca se le permitiría seguir en el negocio, sí esto es exactamente lo que está sucediendo con la industria de la dieta”13. Si las dietas realmente funcionaran, no tendríamos que hacer una tras otra sin parar: si lo hacemos es porque están pensados para no funcionar. La cultura de la dieta ha logrado así la hazaña de inventar un problema y luego inventar una solución que no funciona. Los resultados han sido el enriquecimiento de las empresas, pero también una preocupación y una insatisfacción constante con nuestro peso, una estigmatización de los cuerpos gordos y una desafortunada tendencia a privilegiar un número en la báscula o una talla de ropa sobre nuestro bienestar. 

En resumen, la narrativa de la industria de las dietas nos convence de que debemos gastar todo nuestro tiempo, dinero y energía en tratar de alcanzar un ideal de belleza socialmente construido. Hacen de las dietas la clave de la belleza, el éxito y la felicidad, y de la pérdida de peso una cura milagrosa para nuestras inseguridades y problemas en los que basan su pernicioso enriquecimiento. Estas empresas explotan no sólo el deseo de producir un cuerpo con dimensiones socialmente valoradas, sino también la (falsa) sensación de crecimiento personal, dominio, empoderamiento y experiencia que puede ofrecer la dieta. El verdadero problema es que todo esto se promueve en nombre de una estética, no de un verdadero marcador de salud. 

La irrelevancia del IMC

Esta inane asociación entre peso y salud se basa, por ejemplo, en el índice de masa corporal (IMC), que se utiliza de forma omnipresente con fines médicos y a veces sociales. Sin embargo, este índice es inadecuado, estigmatizante y racista, y su historia, desde su creación en 1832 hasta su repentino cambio en 1998, ilustra hasta qué punto las nociones de gordura y delgadez son construcciones sociales. 

En primer lugar, es inadecuado, porque el IMC se calcula dividiendo el peso por la altura. Este cálculo simplista no tiene en cuenta la masa muscular (aunque el músculo pesa más que la grasa), la estructura ósea, el agua, el ritmo cardíaco, la genética, el tipo de cuerpo o cualquier otro factor de salud real. El IMC e incluso el peso en general no son predictores fiables de la salud, a diferencia de los hábitos de estilo de vida: la actividad física, comer y dormir lo suficiente, tener un trabajo satisfactorio, etc. son mucho más fiables para determinar la salud (física y mental) que el peso, que es sólo un número. Además, el IMC no indica dónde se encuentra la grasa, que puede ser o no un peligro dependiendo de su localización. Tampoco hay diferencia entre sexos, aunque las proporciones de grasa, músculo y hueso se distribuyan de forma diferente entre hombres y mujeres. 

Un estudio realizado en Estados Unidos demostró que del 47% de las personas diagnosticadas como “obesas” (y, por tanto, enfermas según la definición de “obesidad” de la Organización Mundial de la Salud), sólo el 4% eran realmente insanas14. En Estados Unidos, sin embargo, las aseguradoras utilizan con frecuencia el IMC, y algunos empleados se ven obligados a contratar un seguro o a pagar más por él porque su IMC les clasifica como “obeses”. 

En su libro de memorias “Hunger”, Roxanne Gay señala que el IMC es muy arbitrario, como demuestra la rebaja en 1998 del umbral del IMC para los cuerpos “normales” de 27,8 a 25. De la noche a la mañana, el número de estadounidenses considerades “obeses” según el IMC se duplicó, con 29 millones de estadounidenses que amanecen “poco saludables”. Esta absurda situación muestra lo socialmente construido que está el determinar qué cuerpos son conformes (delgados) y cuáles no (gordos). Además, la razón aducida por los Institutos Nacionales de Salud para justificar esta repentina disminución era cualquier cosa menos médica: un número redondo como el 25 sería más fácil de recordar… 

Es un mito que existe un peso que un individuo debe tener para estar “sano”. El IMC ha cambiado a lo largo del tiempo e incluso entre países sin ninguna razón médica, reflejando más una medida de aceptación social que de salud. El IMC es una herramienta para normalizar a la población: la desviación del rango de peso considerado normal se patologiza entonces falsamente y el cumplimiento se considera una prueba de buen comportamiento. El peso no es más un indicador de nuestra valía que de nuestra salud. 

El IMC no fue creado por un profesional de la salud, sino por el matemático belga Adolphe Quetelet en 1832. Su objetivo era calcular el “peso perfecto del hombre medio”, que consideraba un ideal social. Su estudio se basó únicamente en hombres blancos cisgénero (escoceses y franceses). Sin embargo, se ha aceptado como una norma médica supuestamente universal, a pesar de que se aplica especialmente mal a las mujeres y a las personas de raza. El índice creado por Quetelet se utilizó con frecuencia en el siglo siguiente para justificar la eugenesia o el racismo científico. De hecho, Adolphe Quetelet nunca creó el IMC para medir la grasa corporal o la salud de los individuos, sino para medir poblaciones con fines estadísticos. Sin embargo, el IMC es ampliamente utilizado por la comunidad médica, e incluso se ha incluido en la definición de “obesidad” de la Organización Mundial de la Salud (OMS) desde 1985.

Por lo tanto, nuestra excesiva confianza en el IMC tiene un impacto negativo en nuestra salud física y mental, ya que patologiza la “obesidad”, estigmatiza a quienes no se ajustan a unos estándares arbitrarios y hace que intentemos cumplirlos en lugar de confiar en que nuestro cuerpo determine nuestras necesidades.

Dietas ineficaces e incluso peligrosas

Si en 2014, 29 millones personas en la población15 Británica hacia una dieta, es decir el 55% de la población, es un hecho que las dietas son la principal causa de aumento de peso, con un porcentaje de fracaso del 95 al 98% a largo plazo. Además de ser contraproducentes, la mayoría de las dietas son incluso peligrosas.

Dieta significa restricciones o déficit calórico, lo que pone el cuerpo en situación de privación y frustración, que resulta casi siempre en un nuevo aumento de peso a largo plazo, a veces más importante que la pérdida de peso anterior. Esas fluctuaciones de peso, el famoso “efecto yoyó”, son peligrosas para nuestro cuerpo.

El estudio The Minnesota Starvation Experiment16 estudió los efectos físicos y psicológicos de una restricción durable de la alimentación al provocar un estado de hambre prolongado para los hombres de buena salud. Durante tres meses, se alimentaron con 3600 kcal por día, luego con 1800 kcal de nuevo durante tres meses, y finalmente nuevamente con 3600 kcal durante los tres últimos meses. Privar su cuerpo de la energía necesaria para su funcionamiento resultó en daño físico y psicológico importante. En cuanto a los efectos físicos, se observó una pérdida acercando el 25% de su masa corporal (grasa pero también músculos), una disminución significativa de su metabolismo original, una falla de algunos órganos, una debilidad de los dientes y del cabello, mareos, una pérdida de energía y de fuerza, retención de agua, o incluso una disminución de la libido. En cuanto a los efectos psicológicos, se trató de depresión, estrés, ansiedad, pérdida de interés para las actividades cotidianas o los hobbies, irritabilidad, dificultades de concentración, pérdida de vida social o incluso pensamientos obsesivos acerca de la comida y del cuerpo.

De hecho, los sujetos de la experiencia desarrollaron una obsesión por la comida, a veces hasta soñar con ella. Desarrollaron síntomas comunes de trastornos de la alimentación. Una pérdida de peso puede de hecho ser el síntoma pero a veces también la causa de un trastorno de la alimentación. La restricción alimentaria aumenta igualmente el riesgo de sufrir de crisis de bulimia. La experiencia subrayó igualmente hasta que punto un cerebro hambriento se hace incapaz en hacer cosas esenciales como concentrarse, regular sus emociones, mantener un buen espíritu, etc.

Los periodos de restricción alimentaria pueden representar verdaderos traumatismos para el cuerpo, que recuerda estos periodos de “hambruna” y, por tanto, almacenará más por miedo a volver a verse privado. Las dietas nos incitan a no escuchar más nuestras sensaciones, nuestra hambre, y destrozan así nuestra supuesta relación intuitiva con la comida al hacer mecánico un sistema natural. Antes de haber estado pervertido por la cultura de la dieta y/o de trastornos alimentarios, nuestro cuerpo sabe instintivamente lo que necesita. Ahora bien, durante las dietas, al no obtener lo que necesita, el cuerpo reacciona en modo hambruna y se hace obsesivo con la comida. Durante una dieta se puede también quitar nutrientes vitales, y restringir su aporte calórico lo que diminuya su metabolismo, como el nivel de serotonina17, lo que puede provocar o empeorar una depresión, ansiedad u otros problemas de salud mental.

Nuestro cuerpo necesita calorías para que nuestros órganos funcionen. Según la dietista antidieta Emily Murray18, se estima que el cuerpo necesita en promedio 485 calorías por día para el hígado, 340 calorías por día para el cerebro, 125 para el corazón, 185 para los riñones y 325 para los músculos. Así, nuestros órganos, inclusive los órganos vitales, y nuestros tejidos, necesitan calorías para funcionar. Además, se debe notar que estas cifras no incluyen las calorías necesarias para los otros órganos o simplemente para cumplir nuestras actividades cotidianas (trabajar, conducir, cocinar, lavar, etc.) o deportivas. Se suele demonizar las calorías cuando se trata en realidad de unidades de energía, una energía necesaria para el funcionamiento de nuestro cuerpo. Solemos necesitar mucho más calorías que creemos. Por eso, es absurdo y peligroso promover dietas con 1200 calorías, lo que representa las necesidades de la niñez! Cualquier sea nuestro peso, nuestro cerebro y nuestro cuerpo necesitan energía que la comida provee (calorías) así como una cantidad suficiente de macronutrientes (glúcidos, lípidos y proteínas).

Muchas personas hacen dietas tras otras sin resultados y desarrollan en consecuencia una relación malsana con la comida y con su cuerpo, en fondo de gordofobia internalizada. Mientras comer debería ser fuente de placer y satisfacción, las dietas asocian casi siempre comida y culpabilidad. Aunque esta es una de las principales causas del desarrollo de los trastornos alimentarios, no es la única, ya que estas enfermedades son complejas y multifactoriales. Hacer dieta es un comportamiento muy normalizado en nuestra sociedad y, por tanto, trazar la línea entre lo patológico y lo socialmente aceptable puede ser complejo. No siempre es fácil distinguir entre las dietas, que son fomentadas y recompensadas por la sociedad, y los trastornos alimentarios, que son reconocidos socialmente como patológicos y perjudiciales para la salud. Un estudio realizado por la Academia Americana de Pediatría (American Academy of Pediatrics) en 201619 mostró que les jóvenes de 14 a 15 años que seguían una dieta “moderada” tenían entre cuatro y cinco veces más probabilidades de desarrollar un trastorno alimentario, y les que seguían una dieta “restrictiva” tenían hasta 18 veces más probabilidades de desarrollar un trastorno alimentario que les que no la seguían.

Perder peso es en realidad muy difícil, y no es la clave de la felicidad o del éxito, de la salud o de la autoestima. Las dietas son sólo una falsa respuesta a un malestar artificial, creado y mantenido por la sociedad. “Una dieta es un remedio que no funciona, para una enfermedad que no existe”20 resumen Sara Fishman y Judy Freespirit en The Fat Underground. Lejos de ser saludable, la alimentación restrictiva puede tener consecuencias dramáticas para la salud, no sólo física sino especialmente mental. La cultura de las dietas hace que los comportamientos problemáticos e incluso patológicos con la comida (que pueden estar relacionados con el TOC) parecen la norma. Esto apoya la absurda idea de que tener una relación poco saludable con la comida y el propio cuerpo es algo normal e incluso bueno. Además, las dietas suelen tener consecuencias sociales incapacitantes: preocuparse por lo que los demás piensan de nuestra comida, comparar nuestras porciones o nuestro cuerpo con el de los demás, cancelar eventos sociales por la comida que se va a servir, no compartir las comidas con la familia o les amigues, etc. 

En contra de lo que nos quiere hacer creer la gordofobia existente, cada año mueren más niñes por anorexia infantil21 que por “obesidad” infantil. Sin embargo no se habla tanto de los peligros de la alimentación restrictiva, de los trastornos del comportamiento alimentario y de las dietas cuando se destacan los dichos peligros de la “obesidad”. A contrario de lo que sugiere los mensajes de salud pública de la OMS, “la epidemia de obesidad infantil” no es un mito: el peso promedio de les niñes no aumentó en América del Norte desde 199022. La cultura de la dieta no se interesa en nuestra salud, pero la usa como excusa para justificar las imposiciones estéticas que impone. Con el pretexto de la “buena salud”, se pone a les niñes a dieta, se ordena a les pacientes que se mueran de hambre, se desencadenan trastornos alimentarios y se promueven dietas ineficaces y peligrosas.

Hoy en día, cada vez hay más personas que intentan hacernos creer que las dietas no son restricciones, que podríamos estar a dieta y no sufrirla, o incluso que sería posible estar a dieta mientras comemos lo que queremos. Nos venden una falsa libertad, cuando realmente “dieta” insinúa privaciones y restricciones. Ya que cada vez más personas admiten que las dietas no funcionan, las convenciones lingüísticas se adaptaron para hablar de “cambio de estilo de vida” o de “programa alimentario” para evitar el uso de la palabra “dieta”. Como le resuma Roxanne Gay en Hunger: “Se supone que restrinjamos nuestra alimentación mientras vivir en la ilusión que podremos disfrutar de ella.”. En lugar de someterse a dietas costosas e ineficaces, ¿por qué no trabajar en su autoestima y en la aceptación de su cuerpo tal y como es?

La demonización del cuerpo gordo

La cultura de la dieta está en la raíz de la gordofobia, un sistema de opresión que produce un discurso de odio contra les gordes y alimenta un miedo real a la gordura. Se construye como algo que hay que evitar, algo horrible, lo peor que nos puede pasar. Según el Petit Robert, la gordofobia es “una actitud de estigmatización, de discriminación de las personas obesas o con sobrepeso”23

La gordofobia forma parte de una sociedad en la que el dictado de la delgadez es omnipresente, considerándose la delgadez como algo estético y la gordura como algo peyorativo, antiestético e incluso vergonzoso. Sin embargo, todo esto no es más que una norma social que, lejos de ser inmutable, cambia según los tiempos y las culturas. Así, si en las sociedades contemporáneas de la abundancia la gordura está devaluada, no ocurre lo mismo en otras culturas que la consideran un signo de riqueza, poder y salud. Durante el Renacimiento, las curvas se magnificaron y se valoraron, y sólo después de la Segunda Guerra Mundial la exigencia de ser delgada o incluso flaca aumentó tanto en Francia y en otros países occidentales24. Así, la gordura se ha construido como sinónimo de debilidad mental, de pereza, incluso de inmoralidad. El cuerpo y sus normas son, por tanto, producto de normas tanto biológicas como sociales. 

La gordofobia puede ser interiorizada por las propias personas gordas, que se verán empujadas a sentirse culpables, a denigrarse y, finalmente, a odiarse a sí mismas. Es, por tanto, un fenómeno colectivo pero también individual. Además, muchas personas delgadas desprecian y faltan abiertamente al respeto a las gordas por repulsión, por miedo a parecerse a ellos. Condenan moralmente la gordura, haciendo que la persona se sienta culpable al juzgarla responsable de su peso. Parece que la gordofobia es el único sistema de opresión que se basa realmente en un aspecto fóbico, a diferencia de la homofobia o la transfobia, por ejemplo, que son etimológicamente inexactas porque generalmente no están motivadas por el miedo sino por el odio. En el caso de la gordofobia, parece que un auténtico miedo a engordar alimenta el odio y la discriminación contra les gordes. Por ejemplo, según un estudio citado en la Ted Talk de Jes Baker de 201425 El 81% de les niñes de 10 años tiene más miedo a engordar que a la guerra nuclear, al cáncer o a perder a ambos padres.

Esta auténtica fobia al aumento de peso y a les gordes fue especialmente explícita durante el encierro de marzo, donde se multiplicaron los chistes y memes gordofóbicos26. Por ejemplo, había muchos memes gordofóbicos. Por ejemplo, había muchos memes de “antes y después”, en los que la primera imagen mostraba a una persona delgada y la segunda a la misma persona con kilos de más. Estas bromas han sido vividas a menudo de forma muy violenta por las personas gordas, convirtiendo su cuerpo en objeto de burla y perpetuando la idea de que nuestro valor disminuye cuando engordamos, que engordar es un fracaso. Se suman a los numerosos artículos “¿cómo mantener la figura en el encierro?” Se añadieron a los numerosos artículos sobre “cómo mantener la figura mientras se está confinado”, “programa de fitness en casa para mantener el peso” y “cómo mantener el peso mientras se está en casa”. En resumen, era como si, en medio de una pandemia mundial, lo peor que nos podía pasar era engordar. Estos discursos que inducen a la culpa no han dejado de tener consecuencias para las personas que sufren de asquerosidad, pero también para las que padecen trastornos alimentarios. France Assos Santé subraya que el confinamiento puede haber alterado los hábitos alimentarios y, por tanto, haber exacerbado ciertos comportamientos patológicos de las personas con trastornos alimentarios, como los atracones o la ansiedad más general por la comida27.

La gordofobia es uno de los pocos sistemas de opresión en los países occidentales que no es condenado socialmente (o legalmente) por la mayoría de la población. Mientras que el racismo o la homofobia se desaprueban en su mayoría, la asquerosidad rara vez se condena fuera de sus manifestaciones más explícitas y violentas (por ejemplo, el acoso escolar). Esta aceptación social de la discriminación de les gordes podría estar relacionada con la legitimación científica que se intenta hacer de ella (ser gorde sería malo para la salud, por lo que podríamos permitirnos estigmatizar a les gordes “por su propio bien”).

En realidad, los mandatos de la cultura de las dietas tienen que ver con el peso, no con el bienestar. Pero la definición de salud se construye como análoga a la de peso: perder peso significa necesariamente estar más sano. Sin embargo, para lograr este objetivo de pérdida de peso, empleamos medios peligrosos y poco saludables. Se promueven ampliamente las historias de personas que han perdido peso, presentando la pérdida de peso como una solución que resuelve todos los problemas y trae el éxito y la felicidad. Esto perpetúa la idea de que todo el mundo debe perder peso para estar más sano y mejorar su vida. Por el contrario, se hace muy poco hincapié en las historias de personas que han ganado peso, a pesar de que el aumento de peso puede tener un significado muy beneficioso, como la recuperación del TOC o después de tomar antidepresivos. La pérdida de peso se equipara automáticamente con el logro, mientras que el aumento de peso se percibe como resultado necesariamente de la pereza, la falta de fuerza de voluntad o la “dejadez”; discursos marcados por la culpa, la vergüenza y el asco. Si el aumento de peso es mayoritariamente reprendido socialmente, independientemente del motivo, la pérdida de peso es felicitada casi sistemáticamente. Sin embargo, felicitar una pérdida de peso es a veces felicitar (y, por tanto, reforzar potencialmente) un trastorno alimentario. También se ha felicitado a personas con depresión o cáncer que han perdido 10 kilos. Por lo tanto, no toda la pérdida de peso es buena, al igual que no todo el aumento de peso es necesariamente malo. En general, una solución sencilla y eficaz sería dejar de comentar el peso de los demás y aceptar que el aumento de peso no es el fin del mundo. Nuestro cuerpo fluctúa a lo largo de nuestra vida, adaptándose y cambiando según las circunstancias (vejez, salud mental, embarazo, niveles de estrés, pandemia, etc.).

Es un error pensar que la delgadez equivale a una buena salud y el sobrepeso a una mala salud. Del mismo modo, es un error asociar sistemáticamente la gordura con determinadas enfermedades o afecciones como la presión arterial, la diabetes o los problemas cardíacos, que de hecho se dan en todos los tipos de cuerpo. Muchas personas gordas son muy sanas, activas y felices, al igual que muchas personas delgadas tienen una salud física y mental muy mala. Esta asociación delgadez-salud también refuerza la idea de que las personas delgadas, por estar ya sanas, no tendrían o tendrán menos necesidad de cuidar su salud (dieta, ejercicio, sueño, estrés, etc.). La presión para ajustarse a los ideales de belleza se une a las acciones de la industria dietética y alimentaria, que financia la investigación, ejerce presión sobre les proveedores de servicios médicos y hace publicidad para vender la idea de que la pérdida de peso mejorará necesariamente la salud. Se nos vende la idea de que casi todos tenemos sobrepeso y que adelgazar, con la excepción de algunas anoréxicas, tendrá consecuencias positivas para la salud. Perder peso solucionaría los problemas de salud mientras que ganar peso los crearía automáticamente.

Mientras que algunas personas podrían mejorar su salud perdiendo peso, muchas otras buscan adelgazar sólo para cumplir con los estándares de asquerosidad de nuestra sociedad, y la promoción de hábitos de vida saludables ofrece beneficios para la salud mucho mayores que perder peso. El “sobrepeso” favorece la aparición de ciertas enfermedades, pero también protege contra otras enfermedades graves, para las que el sobrepeso mejora el pronóstico vital en comparación con el bajo peso o la “normalidad”. Varios estudios28 demuestran que el exceso de peso podría aumentar la esperanza de vida, sobre todo al servir de reserva energética. Lo peligroso para la salud no es el peso en sí, sino las condiciones de vida (inactividad, dieta desequilibrada) que se asocian falsamente a él, aunque puedan afectar a cualquier tipo de cuerpo. También es importante subrayar que el peso óptimo no es el mismo para cada individuo: por ejemplo, es mayor para las mujeres, las personas mayores y la población negra que para los hombres adultos de raza blanca. Por lo tanto, el problema es principalmente la gordofobia, no la gordura. 

No hay que olvidar que la “obesidad” es a menudo la causa directa de la propia gordofobia, en un círculo vicioso difícil de romper: el estigma que sufren les gordes les empuja primero a perder peso. Como el 98% de las dietas fracasan, engordan aún más. Entonces se les presiona para que vuelvan a hacer una dieta y empiecen de nuevo, esperando en vano obtener un resultado diferente. Como resultado, acaban pesando más que antes de su primera dieta.

El propio término “gordo/a” se utiliza con mucha frecuencia como un insulto, cuando es simplemente una palabra que describe la realidad de un cuerpo. Muchas personas gordas afirman que cuando se describen a sí mismas como gordas, personas bienintencionadas les dicen que no digan eso de sí mismas, o niegan su realidad diciendo que no están gordas. Esto demuestra lo insultante y vergonzoso que es para ellos este adjetivo. “Gordo/a” no es una palabra sucia ni un insulto, sino que describe una realidad. Impedir que les gordes usen la palabra es negar su realidad, negar sus cuerpos y, por tanto, negar la asquerosidad que conlleva. Muchas personas gordas siguen considerando el término “gordo/a” de forma peyorativa, mientras que otros, entre ellos les activistas contra la gordofobia, se lo han reapropiado con la esperanza de eliminar su connotación negativa. Estos últimos también suelen preferir evitar términos médicos como “sobrepeso” u “obesidad”, patologizan y, por tanto, estigmatizan los cuerpos gordos convirtiéndolos en un problema que hay que resolver, una enfermedad que hay que curar o incluso una epidemia que hay que erradicar. Este es el discurso de la OMS, que también vincula peso y salud al considerar la “obesidad” como la pandemia del siglo XXI, problematizando y patologizando así los llamados cuerpos gordos “enfermos”29. ¿Por qué no informar entonces sobre una epidemia de trastornos alimentarios, la segunda causa de muerte entre les jóvenes de 15 a 24 años, después de los accidentes de tráfico30?

Gordofobia médica y violencias institucionales

La gordofobia está muy extendida en la sociedad, hasta el punto de que también se encuentra en el ámbito médico, en detrimento de les pacientes. La gordofobia médica se expresa de diversas maneras, desde las microagresiones hasta los mandatos de adelgazamiento, pasando por los diagnósticos erróneos y el trato desigual. “Existe una falta de conocimiento y comprensión de la obesidad en la comunidad médica, lo que conduce a prejuicios y estereotipos según los cuales una persona obesa come demasiado y/o mal y no realiza actividad física. Pero la obesidad es una patología muy compleja, que no se puede resumir en un plato”31, explica el Dr. Gauthier, nutricionista y miembro del comité científico de la Fundación Ramsay General Health. En el mundo médico, la “obesidad” se asocia invariablemente a una minusvalía, una situación de sufrimiento y/o una enfermedad grave. Sin embargo, no está demostrado que una persona gorda caiga automáticamente en uno de estos casos, sobre todo cuando no tiene ninguna patología asociada al “sobrepeso” (diabetes, hipertensión, etc.). 

En un estudio publicado en 2012 sobre las actitudes de les médiques de cabecera en Francia, se descubrió que alrededor del 57% de les encuestades, todos ellos médicos, consideraban la “obesidad” como una enfermedad. Un 30% incluso consideraba que les gordes eran más perezoces y complacientes32 que los demás. Sin embargo, la asociación sistemática entre “obesidad”/“sobrepeso” y mala salud no es correcta desde el punto de vista médico, sino que está vinculada a las representaciones sociales del cuerpo que juzgan los cuerpos delgados como los únicos sanos. Este vínculo entre la forma del cuerpo y la salud está en consonancia con la idea del médico y filósofo Georges Canguilhem, quien afirmó en Le normal et le pathologique (Lo normal y lo patológico) (1966) que el papel de la medicina era la “normalización fisiológica”. Cualquier cuerpo que se desvíe de la norma social se considera entonces enfermo e inaceptable.

Parece que la influencia de las creencias, de los medios de comunicación y del entorno juega a favor del personal médico, que interioriza los prejuicios que describen a les gordes como perezoces, negligentes, y los percibe como símbolos de malas elecciones y falta de voluntad. Por ello, es necesario que el peso empiece a ocupar un lugar central en el análisis de las relaciones entre cuidadores y cuidadas, para comprender las dinámicas discriminatorias que están en juego y ponerles remedio.

Muchas personas gordas denuncian los comentarios estereotipados y culpabilizadores de les profesionales de la salud, que generalmente se centran en su peso antes que en cualquier otra cosa. “Morirás a los cincuenta”, “Nunca tendrás hijes”, “Tienes que perder peso”… Todos estos son comentarios hirientes e injustificados que impiden a las personas gordas acceder a la atención sanitaria, por miedo a ser ridiculizadas y/o maltratadas. Lejos de ser específicas de les médiques generalistas, estas mismas discriminaciones se encuentran en todas las especialidades: ginecólogues, endocrines, nutricionistas, etc. Estos comentarios son tanto más hirientes cuanto que les profesionales de la salud ostentan una importante forma de autoridad. El público confía en ellos para mantener la confidencialidad médica y tratarlos sin juzgarlos. Con estos comentarios asquerosos, se rompe la confianza y se desvía el papel de cuidador. 

Así, cuando un paciente gordo se queja de fatiga, dolor de espalda o problemas digestivos, los médicos aluden inmediatamente a la “obesidad” como comorbilidad, y suelen prescribir la pérdida de peso. Debido a esta tendencia a analizar todos los síntomas a través de los kilos, muches gordes salen de sus consultas médicas con enfermedades no diagnosticadas o con prescripciones drásticas e ineficaces, sin relación con el problema por el que acudieron. Este fenómeno tan común lleva a situaciones insensatas e hirientes. Por ejemplo, Daría, cofundadora del colectivo Gras Politique, explica que una vez fue al médico por una angina de pecho y le aconsejaron un bypass, una operación quirúrgica muy arriesgada para reducir el estómago33. La presidenta de Allegro Fortissimo, una asociación que apoya a les gordes, recuerda la vez que tuvo que someterse a una ecografía pélvica y el radiólogo le pidió que introdujera la sonda ella misma porque no quería “entrar en las capas de grasa”34. Además de la evidente falta de respeto que sufren les pacientes en estas situaciones, es interesante observar lo impensable que parece para les cuidadores que les gordes puedan tener un dolor cotidiano que no esté relacionado con su peso. 

Además, es la propia forma de analizar el peso la que plantea un problema, sobre todo mediante el uso del IMC. A menudo se culpa a les padres, se cuestiona su forma de educar a les hijes y/o sus elecciones alimentarias. Con esta visión y estas prácticas, les médiques obvian las causas multifactoriales (hormonas, estrés, metabolismo, nivel de vida, etc.) del “sobrepeso”, y prescriben sistemáticamente pautas dietéticas que no son necesariamente adecuadas. Es lo que denuncia la periodista Marie de Brauer en su documental La grosse vie de Marie cuando habla de su experiencia con su médico: “las soluciones preconizadas, con mayor o menor benevolencia, son comer menos, hacer deporte, comer cinco frutas y verduras al día, etc.”35.

Para las mujeres gordas, estas experiencias se combinan a menudo con una forma de paternalismo médico. Se les dice que nunca serán fértiles, que ninguna píldora es adecuada para su peso o que deben adelgazar si quieren tener una vida sexual plena. Las consecuencias de estos constantes requerimientos e insultos son graves: muchas personas ya no se atreven a acudir a la consulta por miedo a ser tratadas de esta manera. Este fenómeno está probado y demostrado por numerosas estadísticas, por ejemplo, en el artículo “Todo lo que sabes sobre la obesidad es erróneo”, el periodista Michael Hobbes escribe: “Tres estudios distintos han demostrado que las mujeres gordas tienen más probabilidades de morir de cáncer de mama y de cuello de útero que las mujeres no gordas, una consecuencia que se atribuye en parte a su reticencia a acudir al médico y hacerse pruebas 36.

Por ello, las personas gordas suelen ser víctimas de diagnósticos erróneos, dosis insuficientes o rechazo de la atención. Pero también se les prescriben otras prácticas peligrosas, como la cirugía o la estancia en clínicas de adelgazamiento.

El uso de la cirugía se está extendiendo cada vez más en estos días, hasta que ya no se percibe como algo chocante. La cirugía bariátrica, por ejemplo, es la más conocida y practicada, y su objetivo es modificar la cantidad de alimentos ingeridos. Se pueden proponer diferentes procedimientos: gastroplastia (manga o anillo: separación del estómago en dos bolsas), balón gástrico (ralentiza la digestión de los alimentos) o bypass (los alimentos van directamente al intestino delgado sin pasar por el estómago). Todas estas “soluciones”, que conducen a una pérdida de peso drástica, son ciertamente eficaces a corto plazo al permitir la pérdida de peso, pero también crean muchos efectos indeseables, y son limitadas a largo plazo. Mientras que la banda gástrica es reversible y tiene menos complicaciones, la cirugía en manga causa complicaciones en alrededor del 5% de les pacientes y puede provocar una fístula gástrica y/o una hemorragia37. En cuanto a la cirugía de bypass, la tasa global de complicaciones es del 10%: fístulas, abscesos, hemorragias, oclusiones de hernias, úlceras e incluso complicaciones neurológicas38. Por lo tanto, estas operaciones requieren un seguimiento de por vida, así como apoyo psicológico y dietético. Sin embargo, la cirugía estética se trivializa cada vez más como una solución milagrosa para les gordes, a pesar de la falta de perspectiva sobre estas prácticas y sobre los peligros que pueden derivarse de ellas. En particular, hay muchos ejemplos de recuperaciones de peso muy importantes unos años después de la cirugía, lo que demuestra que estas operaciones no son una solución milagrosa. El programa “Operación Renacimiento”, en el que el público sigue a personas gordas en su pérdida de peso y su camino hacia una “vida mejor” (la pérdida de peso se considera condición sine qua non), ha sublevado a les activistas que defienden la aceptación del cuerpo. Entre dietas estrictas, deporte excesivo y cirugía “salvadora”, el programa perpetúa tópicos absurdos y peligrosos sobre un fondo de voyeurismo. Este tipo de representación es muy criticable, ya que contribuye a trivializar las cirugías invasivas al obviar los riesgos asociados a ellas.

En cuanto a las clínicas de adelgazamiento, también llamadas “centros para obeses”, también son bastante conocidas por el público en general, sin saber realmente lo que son. Estas clínicas se recomiendan generalmente para niñes y adolescentes con “sobrepeso”, a partir de los ocho años, aunque también existen campamentos para adultes, especialmente en los Estados Unidos. El objetivo es sacar al paciente de su entorno y “rehabilitarle”. Estos últimos se presentan en diversas formas: campamentos, cruceros, estancias deportivas intensivas, etc. La calidad de estos centros varía mucho; mientras que algunos combinan un aspecto psicológico, una reflexión sobre la dieta y un trabajo sobre uno mismo que puede ser beneficioso, otros se centran únicamente en la pérdida de peso y, por tanto, son ineficaces a largo plazo, e incluso peligrosos para la salud física y mental. La mayoría de les niñes no acude a estos programas por voluntad propia, sino que son obligados por sus padres y/o su médico. Se les somete a reglas estrictas y humillantes, y las estancias a menudo parecen una competición entre quién pierde más peso.

Por último, hay formas de maltrato médico que son omnipresentes y que, sin embargo, son en gran medida desconocidas para los que no están interesados. Entre ellos se encuentran los equipos inadecuados, ya sea en la oficina o en el hospital. Sillones y sillas de ruedas demasiado estrechos, manguitos demasiado pequeños, básculas que no soportan el peso… Todos ellos son instrumentos necesarios para una buena atención médica que no están adaptados a una gran parte de la población. Algunos hospitales no disponen de máquinas de resonancia magnética adecuadas, y algunes pacientes gordes son enviados a clínicas veterinarias, donde pueden ser tratados, a pesar de la humillación que supone.

Numerosos testimonios del personal de los hospitales admiten que ponen a les pacientes gordes en situaciones de maltrato, debido a la falta de recursos, tiempo y personal. Un enfermero se expresó así en una investigación llevada a cabo por Francetv: “Algunos son colocados en camas con barrotes demasiado pequeños. Sus cuerpos sobresalen, el colchón se desinfla, la cama se derrumba y acaban tumbados sobre una tabla de madera. Cuando tenemos que poner inyecciones, no siempre tenemos agujas lo suficientemente largas, así que les ponemos malas inyecciones”39. Del mismo modo, les gordes no siempre se acicalan porque generalmente tardan más, y algunas operaciones acarrean complicaciones porque los médicos no están capacitados para manejar los órganos bajo una masa de células grasas. 

En las facultades de medicina se dedica muy poco tiempo a la educación y la formación sobre la “obesidad”, ya sea sobre las causas, la realidad que viven los pacientes o cómo manejarlos. Es esta falta de conocimiento, combinada con los estereotipos sociales a los que los médicos están inevitablemente sometidos, lo que causa la gordofobia médica y sus desastrosas consecuencias.

Requerimientos neoliberales

Mientras el capitalismo se beneficia de la industria de las dietas para enriquecerse, la cultura de las dietas y la gordofobia también se basan en los valores neoliberales dominantes de nuestra sociedad. El neoliberalismo hace hincapié en el poder del consumidor, lo que se traduce en la idea de que el sobrepeso es una elección individual. Así, se hace sentir culpable al/la individuo/a, haciéndole creer que estar gordo/a es el resultado de comer en exceso y de la falta de actividad física, y que es muy fácil perder peso gracias a una dieta y/o a un programa deportivo. Esta falsa facilidad para adelgazar también se utiliza para justificar las burlas, los prejuicios, la discriminación laboral, el aislamiento social o incluso la violencia médica contra les gordes, con el pretexto de que se lo tienen merecido.

Diversos estudios demuestran que ser gorde, lejos de ser una elección, es principalmente el resultado de factores genéticos y socioeconómicos40. Sólo tenemos una ilusión de control sobre nuestro cuerpo, mantenida por la cultura de la dieta. Sin embargo, el control del peso se percibe como una cuestión de autocontrol en nuestra sociedad neoliberal, que valora el rendimiento, la independencia, la autotrascendencia, la fuerza de voluntad y la disciplina. Los cuerpos gordos son así excluidos porque son indisciplinados en relación con las normas sociales, pero también porque no son útiles para la sociedad económica capitalista que valora la producción. Aunque la sociedad neoliberal suele empujarnos a consumir en exceso, nos envía el contradictorio mandato de que nos disciplinemos en lo que respecta a la comida. “Debes consumir mucho, pero este consumo nunca debe hacer que tu cuerpo engorde”41 resume la investigadora Shawna Felkins42

Seguimos equiparando la pérdida de peso con un simple esfuerzo, lo que permite valorar moralmente la comida y los cuerpos y etiquetarlos como buenos o malos. Vinculamos la comida “sana” y los cuerpos conformes con ser una buena persona, y viceversa. Los juicios morales se atribuyen a la gestión de nuestro deseo de comer y de nuestro peso. Así, los cuerpos disciplinados y las personas que los habitan se consideran moralmente superiores a los que tienen cuerpos no estándar. La delgadez se premia, se considera un logro personal y un signo de autodisciplina y determinación, mientras que se dice que la gordura significa pereza y enfermedad.

A menudo asumimos que algunas personas delgadas pueden comer lo que quieran y seguir estando delgadas, y por lo tanto su peso no es una elección sino el resultado de características biológicas. ¿Por qué esta idea de que hay personas naturalmente delgadas no se puede entender a la inversa? ¿Por qué no reconocer que también hay mujeres naturalmente gordas que no pueden perder peso hagan lo que hagan y coman? Del mismo modo, al igual que aceptamos que hay personas bajas y altas, ¿por qué no aceptar que algunas personas son delgadas y otras gordas como parte de la diversidad corporal, es decir, como resultado de la genética y los determinantes sociales, no de la elección? Todos nuestros cuerpos son diferentes, y eso no tiene nada de malo. Aunque todos comiéramos igual y siguiéramos el mismo programa deportivo, nuestros cuerpos seguirán siendo heterogéneos.

Cuando vives en un cuerpo marginado, es fácil pensar que la discriminación que sufres es culpa tuya, y que deberías cambiar tu cuerpo para ajustarlo a la norma y solucionar el problema. Esto es exactamente lo que sostiene la cultura del régimen y la sociedad neoliberal: que ser gordo.a es una responsabilidad personal, y que es la gente la que debe adaptarse, no la sociedad la que debe cambiar para incluirles. La cultura de la dieta produce herramientas (dietas, fármacos, cirugías, actividad física) para empujar a les individues a autocastigarse y auto-disciplinarse con el fin de ajustarse a las normas sociales y médicas.

Incluso si existiera una relación probada entre la gordura y la mala salud, ¿por qué las personas poco saludables no deberían merecer respeto o valer menos que otras? Esta malevolencia hacia los cuerpos no estándar (por ejemplo, les enfermes, les gordes o les discapacitades) tiene sus raíces en el capitalismo, que refuerza la idea capacitista de que el valor de las personas reside en su capacidad de trabajar, de producir, de contribuir económicamente a la sociedad. Así, los cuerpos no conformes son etiquetados como inútiles, y las personas gordas, enfermas y discapacitadas como no merecedoras de respeto y dignidad humana. Dado que los cuerpos de las personas son las herramientas del capitalismo, tener un cuerpo sano, es decir, capaz de producir, es vital para el mantenimiento del sistema capitalista.

Por lo tanto, la gordofobia está necesariamente presente en el mundo del trabajo, que dista mucho de estar exento de prejuicios relacionados con la salud y el aspecto físico. Algunos empresarios pueden negarse a contratar a una persona gorda, ya que la consideran menos capaz de “seducir” a les clientes. En 2001, la ley de lucha contra la discriminación43 añadió el aspecto físico a la lista de discriminaciones prohibidas. Sin embargo, está claro que el peso sigue siendo un criterio de contratación, sobre todo en las profesiones de recepción y venta. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el Defensor de los Derechos Humanos, “las mujeres obesas son ocho veces más discriminadas en la contratación, y los hombres obesos tres veces más. El aspecto físico es el segundo criterio más importante, después de la edad y antes del origen, el género y la discapacidad, para la percepción de la discriminación en el mundo profesional. La apariencia también puede influir en el desarrollo de la carrera o el salario”44.

Por último, las infraestructuras de nuestra sociedad neoliberal son también especialmente inadecuadas para les gordes: transportes, parques de ocio, cines, etc. Los que tienen la desgracia de ocupar más espacio que la norma arbitrariamente establecida se ven perjudicados a diario. Los que tienen la desgracia de ocupar más espacio que la norma arbitrariamente establecida se ven perjudicados en su vida cotidiana. Pueden encontrarse regularmente en una situación en la que su cuerpo les limita o les impide realizar algo, debido a la falta de infraestructuras o equipos adaptados.

Un fenómeno sexista

El dictado de la delgadez forma parte de las muchas normas absurdas e irreales que se imponen a las mujeres para hacer su cuerpo deseable, entre otros dictados como los de la depilación, la juventud o el maquillaje. Aunque la gordofobia y la cultura de las dietas también pueden afectar a los hombres, tienen un impacto especial en las mujeres, a las que se estigmatiza aún más si están gordas, a las que afectan más los trastornos alimentarios y a las que, en general, les preocupa más su peso. Por lo tanto, la gordofobia es una cuestión feminista.

A las mujeres se les enseña constantemente de forma implícita que ser femenina es no ocupar ningún espacio, y especialmente no más que un hombre. Tienes que reducirte cada vez más, casi hasta el punto de desaparecer. Ser gordo o gorda, por tanto, es romper esta regla informal, alterar los estándares de belleza patriarcales. Las mujeres deben ser delgadas, nunca más grandes o gordas que un hombre, o su virilidad estará en peligro. Además de permanecer delgadas, las mujeres deben, en la misma idea, permanecer eternamente jóvenes y sin pelos. Al final, estos dictados de belleza parecen tomar como modelo el cuerpo de une niñe, sin barba, con la piel lisa y sin forma. Del mismo modo, se anima a las mujeres a no quererse a sí mismas y a no decidir por sí mismas. Amar el cuerpo o valorarse a sí mismo parece ser un signo de jactancia, poco femenino, aunque se acepta para los hombres. En cambio, las mujeres deben permanecer siempre modestas y humildes, casi disculpándose por existir; deben dejarse sexualizar por los hombres, pero nunca socializarse ni ponerse por delante. En este contexto, amarse a sí misme y reivindicar es un acto político radical de resistencia. Si las mujeres se encontraran bellas o incluso entendieran que su valor reside en otra cosa que en su apariencia, se arruinarían muchas industrias (cosmética, cirugía plástica, dietas, etc.), que necesitan que odiemos nuestros cuerpos para vender sus productos.

A este mandato a las mujeres de no ocupar espacio en el espacio público y a esta asociación falaz entre delgadez y feminidad, se suma la construcción de ciertos alimentos como femeninos (el ejemplo más claro es la ensalada) y otros como masculinos (alimentos grasos, especialmente la carne y la comida basura). Esta manera de añadir una dimensión de género a la comida se hace, obviamente, de acuerdo con el binarismo de género estereotipado de la mujer delicada/hombre poderoso y viril. En consecuencia, las mujeres son más propensas que los hombres a ser llamadas al orden si sus porciones de comida se consideran demasiado grandes o si no cumplen con la disciplina corporal. Así, la cultura de la dieta predispone a las mujeres a los trastornos alimentarios, de las que se ven afectadas en el 90% de los casos. Mientras que de los hombres se espera que sean musculosos y fuertes, de las mujeres se espera que sean delgadas y firmes, es decir, atléticas pero nunca musculosas “como un hombre”. Este es un límite que no se debe cruzar: deporte sí, pero cuidado con parecer un hombre, que no sería femenino.

La delgadez sería también, según el discurso patriarcal, lo que nos hace deseables, es decir, bellas a los ojos de los hombres. Ser gorda o gordo es lo contrario a ser atractiva o atractivo para la sociedad. Hay que entender que el deber de las mujeres es hacer constantemente su cuerpo atractivo para los hombres. Querer perder peso se considera la norma hasta el punto de convertirse en un rasgo por defecto de las mujeres, mientras que quererse y aceptarse a sí misma parece una idea descabellada. En una lógica foucaultiana45, el hecho de que las mujeres estén constantemente a dieta, una verdadera práctica disciplinaria, crea cuerpos dóciles y sumisos, sirve a la lógica patriarcal, e incluso desvía su atención y energía de otras cuestiones como la lucha por sus derechos.

Una lucha para vestirse

Según un estudio de la OMS, el 39% de la población mundial mayor de 18 años tenía “sobrepeso” en 2016. Este porcentaje corresponde a más de 1.900 millones de personas, de las cuales 650 millones (13%) eran “obesas”.

A pesar de que las cifras no dejan de aumentar, ya que el número de personas consideradas “obesas” se ha triplicado en menos de 50 años, la industria de la moda no parece tener prisa por adaptarse a las nuevas necesidades de la población mundial. La “obesidad”, y el “sobrepeso” en general, parecen seguir considerándose estados transitorios del cuerpo, en personas cuyo único objetivo es perder peso. ¿Qué sentido tendría ampliar el catálogo de tallas si les gordes sólo tienen que adelgazar para encontrar ropa de su talla?

Algunas marcas incluso están haciendo de la asquerosidad una línea de conducta. La cadena de tiendas de prêt-à-porter Abercrombie & Fitch es un buen ejemplo, ya que en mayo de 2013 fue criticada por retirar de sus estantes las tallas XL y XXL (de la 42 a la 44) de mujer. El director general de la marca, Mike Jeffries, dijo más tarde en una entrevista que su marca estaba dirigida a “jóvenes hipsters que tienen muchos amigos. Hay mucha gente que no encaja en eso y no podrá encajar en eso. ¿Es eso una exclusión? Completamente”46. Esta gordofobia, por decir algo, acabó provocando la dimisión de Jeffries en diciembre de 2014, y hoy se pueden encontrar artículos de hasta 46 años en la web de la marca.

Sin embargo, la batalla aún no está ganada. Aunque las cifras varían ligeramente según los estudios, la talla más común para las mujeres francesas es la 40, seguida de cerca por la 42. Más del 40% de las mujeres francesas usan una talla 44 o superior47, que representa a casi 14 millones de personas, sin contar a los hombres. A pesar de estas estadísticas, todavía hay muy pocas tiendas que ofrecen tallas superiores a la 42, y pocas que vayan más allá de la 46. 

Dentro de la moda rápida, Kiabi es seguramente la marca más popular en cuanto a tallas grandes, ya que se pueden encontrar prendas hasta la talla 60. Además, tiene el mérito de contar con 450 tiendas en el mundo, entre ellas más de 350 en Francia, lo que la hace accesible a un amplio público. Otras grandes marcas como H&M también ofrecen colecciones de tallas grandes, aunque más pequeñas. Si buscas por talla en la web de la marca, verás que las opciones son limitadas. A partir de la talla 52, hay una treintena de artículos por talla, principalmente pantalones. Para la talla 62, sólo hay una decena de artículos, sólo vaqueros. Esta colección de tallas grandes también se limita a las mujeres, ya que para los hombres sólo hay dos artículos por talla superior a la 44, hasta la 58.

Sin embargo, la mayoría de las marcas que se atreven a ser inclusivas sólo están disponibles en línea, lo que limita aún más las opciones que tienen las personas gordas para vestirse. Asos, una marca de ropa online, lanzó su colección de tallas grandes en 2010 con tallas hasta la 58. Forever 21, cuyas últimas tiendas en Francia cerraron en 2019 pero que sigue estando disponible online, llega hasta la talla 56, al igual que Zalando. Si estas iniciativas son perfectamente encomiables y permiten a muchas personas gordas desarrollar su autoestima, sigue siendo lamentable que la mayoría de las marcas mantengan una política gordofobia.

El mismo fenómeno se da en la moda de lujo. En la sección de mujer de Dior, el catálogo de tallas a menudo sólo va de la XS a la L. Aunque las tallas 44 y 46 parecen existir en la página web para algunos artículos, en realidad no están disponibles, ni en línea ni en la tienda. Lo mismo ocurre con la mayoría de las marcas de lujo más famosas, como Louis Vuitton, Gucci, Hermès, etc. Aunque algunas marcas como Dolce & Gabbana, que ha ampliado la talla de algunas de sus prendas hasta la 50, empiezan a darse cuenta de que no todo el mundo tiene la talla 36, la inclusividad en el lujo sigue siendo minoritaria.

En los últimos años, la conciencia de las realidades de la industria de la moda ha ido creciendo. Cada vez más personas se decantan por un consumo más ético, como el de segunda mano, y empiezan a surgir muchas marcas ecoresponsables. Aunque, por supuesto, cada uno puede decidir si contribuye o no a la moda rápida, se presenta un nuevo obstáculo para les gordes. La ropa de talla grande es aún más rara en la moda ética. En un artículo de The Telegraph, la periodista Rose Stokes señala que las marcas eco-responsables se detienen generalmente en la talla 44. Le sorprende que “la exclusión provenga de una marca que tiene “una misión”48. Por lo tanto, la asquerosidad en el mundo de la moda eco-responsable parece ser bastante contradictoria con la promoción de valores éticos. Muchas de las grandes modelos e influencers también denuncian este requerimiento. Como activistas, su público suele esperar que sean más sensibles a las cuestiones éticas, y algunos incluso se oponen a sus colaboraciones con marcas de moda rápida. Una vez más, la culpa es de les gordes que no son capaces de consumir de forma ética, mientras que son las propias marcas las que practican una política de exclusión hacia casi la mitad de la población, ofreciéndoles muy pocas posibilidades de elección.

La ropa de marca ética, en su mayoría independiente, suele tener también un coste mucho más elevado, vinculado a los métodos de producción sostenible, lo que representa una verdadera inversión. Por ejemplo, la influencer francesa Louise Aubery, MyBetterSelf en Instagram, lanzó su marca de lencería ética a finales de 2020. Aunque las bragas llegan hasta la talla 54, cuestan 24 euros cada una, un precio obviamente justificado por el compromiso ético y eco-responsable de la marca, relativamente correcto comparado con productos con las mismas promesas, pero todavía elevado para muchos.

Les gordes sólo tienen entonces una solución para consumir de forma ética: los sitios de reventa en línea como Depop, Vestiaire Collective o Vinted. La autora e influencer Stephanie Yeboah lo dijo mejor: “no avanzaremos de forma sostenible si ciertos segmentos de la población no tienen las herramientas para evolucionar49.

Conclusión

Así, la cultura de la dieta y la gordofobia están por todos lados en nuestra sociedad, desde nuestras costumbres alimentarias y de la vestimenta hasta nuestros prejuicios asociando la gordura con la pereza, la enfermedad o incluso la fealdad. La gordofobia sigue siendo una discriminación poco cuestionada y poco reconocida como tal, ya que está tan establecida en nuestras maneras (conscientes o inconscientes) de pensar y actuar. Si les nutricionistas y estudios científicos reconocen cada vez más las dietas como ineficaces y peligrosas, su promoción sigue siendo omnipresente en el entorno médico y social. Esto se intensifica por el hecho de nuestras sociedades neoliberales y capacitista, que exigen de los cuerpos que sean cada vez más productivos y conformes.

Si las personas gordas siguen siendo estigmatizadas y desfavorecidas en nuestra sociedad, cada vez más resistencia aparece para invertir la tendencia. Los movimientos “health at every size”, “body positive” o incluso “body acceptance” benefician de más visibilidad, particularmente gracias a las redes sociales y al trabajo de numeroses militantes. Les activistas comprometides contra la gordofobia luchan para poner fin a las violencias institucionales, las discriminaciones y los perjuicios, y para finalmente disociar la gordura de la mala salud o de la fealdad. Llaman también la atención sobre las consecuencias dramáticas de la gordofobia en la salud mental de las personas interesadas.

Finalmente, no se debe olvidar que la gordofobia no impacta a todo el mundo de la misma manera, afectando por mayor parte a las mujeres. Luchar contra la gordofobia por tanto implica necesariamente luchar contra el sexismo y el patriarcado que imponen a las mujeres dictados irreales y nocivos para dominar su cuerpo, mandándolas que ocupen el menor espacio posible.

Recomendaciones

Para incitar individues y actores sociales a luchar contra la gordofobia, proponemos algunas recomendaciones.

Primero, es la responsabilidad de cada persona informarse sobre la gordofobia y escuchar a las personas interesadas para erradicar los prejuicios. Muchas palabras nuestras, a menudo inconscientes, contribuyen a estigmatizar a las personas gordas y propagar la cultura de la dieta. Cada persona debería esforzarse en no reír a burlas gordofóbicas, en parar de felicitar sistemáticamente las pérdidas de peso, o incluso no juzgar o hacer comentarios sobre la alimentación o el cuerpo de personas que nos rodean. Se trata más generalmente de no hacer sentir culpable a personas gordas a causa de su peso, al insinuar por ejemplo que bajar de peso sería fácil o que se trataría únicamente de una buena alimentación o de una práctica deportiva para adelgazar. Se necesita también erradicar el estigma en cuanto a la palabra “gordo” y no temer en usarla porque solo describe la realidad de un cuerpo, al contrario de los términos “obeso” o “sobrepeso” que tienden a vincular una idea de patología y estigmatizar los cuerpos gordos. Igualmente, es esencial no estimar la gravedad de los trastornos de la alimentación según el peso, ya que las enfermedades son primeramente mentales. 

Sin embargo, les individues no son les uniques responsables en cuanto a las discriminaciones gordofóbicas. El cuerpo médico tiene un papel esencial en el tratamiento de las personas gordas y se debe formar sobre la gordofobia para permitir un encargo no discriminatorio de cada paciente. Es necesario reconsiderar el uso del IMC a causa de su historia racista, estigmatizante, y de su falta de pertinencia médica. Asimismo, les médiques deben parar de justificar los problemas de salud de las personas gordas únicamente a causa de su peso.

Igualmente, los Estados y las empresas tienen una responsabilidad en cambiar las normas arbitrarias e inadaptadas que prevalecen sobre la construcción de infraestructuras. Los cines, aviones, hospitales etc. deben poder adaptarse a todo tipo de cuerpo. Para eso, se necesitará unos sitios o camas más largos.

En fin, la cuestión de la representación es esencial para que las mentalidades evolucionen. Así, es necesario que las plataformas de mediáticas y cinematográficas expongan más personas gordas, y más generalmente otros tipos de cuerpos, y eso de manera banalizada, es decir, sin que su peso o apariencia sea la base de sus historias. 

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Translated by Solange Meurier & Iman Seepersad.

Agradecemos a Megan Blanche, Anna Kuhn, Marie Chapot, Romane Piechota, Anais Brusel y Elvire Alexandrowicz por su trabajo de revisión del artículo.

©Image by PublicDomainPictures from Pixabay

1 HARRISON, C. (2018). What Is Diet Culture? Christyharrison.com. [online] 10 Aug. Available at: https://christyharrison.com/blog/what-is-diet-culture [Accessed 17 Mar 2021].
2 La hiperfagia bulímica es un trastorno alimentario caracterizado por episodios de bulimia (sobreconsumo alimentario no controlado) sin comportamientos compensatorios (vómitos, laxativos, deporte…) para eliminar la comida ingerida. Las personas que la padecen no siempre tienen “sobrepeso”.
3 La anorexia mental es un trastorno alimentario complejo que se puede caracterizar por restricciones alimentarias, una percepción errónea de su cuerpo (dismorfofobia o trastorno dimórfico corporal), una baja de peso, una ausencia de la menstruación (amenorrea), un aislamiento social, una fatiga física y mental o incluso pensamientos suicidaros. Las personas que la padecen no siempre están por debajo de su peso, ya que la anorexia puede afectar a cualquier tipo de cuerpo.
4 PAPADOPOULOS, F.C. EKNOM, A. BRANDT, L. and EKSELIUS, L. (2009). Excess mortality, causes of death and prognostic factors in anorexia nervosa. British Journal of Psychiatry, 194(01), pp.10–17.
5 Los términos médicos “obesidad” y “sobrepeso” se utilizan en este artículo entre comillas. Al igual que muchos activistas de la lucha contra la gordofobia, no apoyamos su uso, que estigmatiza los cuerpos gordos al patologizarlos y problematizarlos.
6 LOCATELLI, L., BOULANOUAR, L., PATAKY, Z. & GOLAY, A. (2017). Quand le poids influence la santé mentale… et réciproquement. Revue Médicale Suisse. [online] 10 Jan. Available at: https://www.revmed.ch/RMS/2017/RMS-N-555/Quand-le-poids-influence-la-sante-mentale-et-reciproquement [Accessed 22 Mar 2021].
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9 MILLER, K. CHOUDER, M. (2020). La cellulite n’existe pas : rétrospective d’un complexe inventé. Refinery29.com. [online] 25 May. Available at: https://www.refinery29.com/fr-fr/histoire-invention-de-la-cellulite [Accessed 17 Mar 2021].
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12 “That’s one of diet culture’s signature moves—to blame us for its failures” (traducción libre). HARRISON, C. (2019). What you need to know about diet culture in 2019. Christyharrison.com. [online] 08 Jan. Available at: https://christyharrison.com/blog/what-you-need-to-know-about-diet-culture-in-2019 [Accessed 17 Mar 2021].
13 “A bicycle company that sells bikes with holes in the tires so people have to come back and buy a new one would never be allowed to stay in business, yes this is exactly what’s happening with the diet industry” (traducción libre).
14 COHEN, J-M. (2016). Pourquoi l’IMC (Indicateur de masse corporelle) est un indicateur de santé complètement dépassé… Atlantico.fr. [online] 15 Feb. Available at: https://www.atlantico.fr/article/decryptage/pourquoi-l-imc-indicateur-de-masse-corporelle-est-un-indicateur-de-sante-completement-depasse-par-le-bon-vieux-rapport-taille-hanche-jean-michel-cohen- [Accessed 17 Mar 2021].
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17 La serotonina, a veces llamada la hormona de la felicidad, es un neurotransmisor implicado en la regulación, entre otros, del humor y de la ansiedad.
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20 “A diet is a cure that doesn’t work, for a disease that doesn’t exist” (traducción libre).
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26 Un meme es un concepto (texto, imagen, vídeo) retomado, declinado y desviado masivamente en Internet de forma a menudo paródica y que se difunde muy rápidamente. (traducción libre).
27 N.D (2020). Confinement et troubles alimentaires. France Assos Santé. [online] 16 Apr. Available at: https://www.france-assos-sante.org/2020/04/16/confinement-troubles-alimentaires/#:~:text=Qu’il%20s’agisse%20d,perturbe%20leurs%20habitudes%20alimentaires%20quotidiennes [Accessed 22 Mar, 2021].
28 Ver por ejemplos: FLEGAL, KM. KIT, BK. ORPANA, H. GRAUBARD, BI. Association of all-Cause mortality with overweight and obesity using standard Body Mass Index categories, JAMA, 2013, vol. 309, no.1: 71-82. ou encore HAINER, V. ALDHOON-HAINEROVA, I. Obesity paradox does exist, Diabetes Care, 2013, vol. 36: S276-S281.
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38 Ibid.
39 LAMBERT, E. (2021). Grand format : “Je ne me soigne plus à cause des médecins” : des patientes dénoncent la “grossophobie médicale”. francetvinfo.fr. [online]. Available at: https://www.francetvinfo.fr/societe/grand-format-je-ne-me-soigne-plus-a-cause-des-medecins-des-patientes-denoncent-la-grossophobie-medicale_2551559.html [Accessed 8 Mar. 2021].
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42 FELKINS, S. (2019). The Weight I Carry: Intersections of Fatphobia, Gender and Capitalism. Frontiers, 40 (3), 181.
43 El artículo completo: https://www.legifrance.gouv.fr/jorf/id/JORFTEXT000000588617
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