La película Ökozid (“Ecocidio”), se desarrolla en el futuro, en 2038. La Corte Penal Internacional persigue la  República federal de Alemania de indemnización por daños y perjuicios, a causa de violaciones de derechos humanos resultando de medidas insuficientes contra el cambio climático. 31 Estados denunciantes exigen que Alemania pague una parte de los gastos de las medidas de adaptación de su país. De hecho, pretenden estar afectados de manera desproporcionada por las consecuencias del desajuste climático, mientras que serían poco responsables.

El realizador Andres Veiel, escenifica este tema de actualidad de tal manera que tenemos la impresión de asistir a una obra de teatro. Esto se debe probablemente al hecho de que la película se rodó en 2020, durante la pandemia de COVID-19, y que por lo tanto fue necesario respetar una distancia mínima de seguridad o separar a los actores entre sí mediante placas de plexiglás.

Las dos abogadas de los Estados denunciantes y el procurador de la República federal de Alemania presentan sus argumentos de manera bastante patética. La acusación defiende un derecho fundamental a carácter de integridad. Se apoye en el derecho a la vida previsto en la primera frase del artículo 6, parágrafo 1, del Pacto Internacional de Derecho Civiles y Políticos de las Naciones Unidas (“El derecho a la vida es inherente a la persona humana”), que les estaría retirado a causa de catástrofes ambientales cada vez más frecuentes y peligrosas, como tempestades, inundaciones etc. Sin aire puro y sin acceso al agua, las bases de una vida digna les faltarían. 

El abogado de Alemania, defiende por su parte, que Alemania ya hizo mucho para luchar contra el cambio climático y que, por ejemplo,  una eliminación anticipada de la controvertida energía del carbón habría costado muchos puestos de trabajo. Además, Alemania tiene la responsabilidad de ocuparse de su propies ciudadanes, algunes de les cuales sufren también de las consecuencias del cambio climático, antes de efectuar pagos hacia otros países.

Durante la película,  se presenta la política climática alemana de las últimas décadas (especialmente en el ámbito de la energía y de los transportes) en puntos claves y puesta en el contexto de las negociaciones climáticas internacionales. Se interrogan varios testigos para enfatizar la argumentación. Se tratan, entre otras, de personas trabajando en la industria automotriz alemana, de representantes de ONG o de hombres y mujeres politiques.

El tema de la película es muy actual y jurídicamente litigioso: se trata de saber si la obligación para los Estados a proteger el clima puede resultar de los derechos humanos y si, por consiguiente, se consideran responsables los Estados si no cumplen esta obligación. Se evoca brevemente una perspectiva antropocéntrica, que se enfoque en la de los derechos humanos, y una ecocéntrica, que pretende proteger la naturaleza sobre base de su valor intrínseca. Sin embargo, no se analiza en detalles las cuestiones jurídicas. Se hace énfasis en las cuestiones morales, que se escenifican de manera emocional. Además, el poder a través de la manipulación de los medios de comunicación se presenta en filigrana, con una tecnología avanzada que puede incluso alterar engañosamente los videoclips.

Al final, el tribunal emite un veredicto que no revelaremos para qué la película siga interesante de ver. 

Para concluir, la película trata de un tema muy intrigante, pero desafortunadamente no esta a la altura de su potencial. Se trata de una mezcla interesante entre documentario lleno de hechos, con la implicación de personas reales de la sociedad y la reconstitución de asuntos políticos, y de ciencia-ficción, con el uso de nuevas tecnologías como micrófonos atados al cuello.

Translated by Solange Meurier.

©Photo Zero One Film by Julia Terjung.

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